LA INCLUSIÓN EDUCATIVA Y EL ACOSO ESCOLAR
¿A qué nos referimos cuando hablamos de educación inclusiva?
Según el Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes, “se entiende educación inclusiva como el proceso que ayuda a superar los obstáculos que limitan la presencia, la participación y los logros de los estudiantes, así como el proceso de fortalecimiento de la capacidad del sistema educativo.”
El objetivo de esta educación inclusiva es fomentar un entorno escolar adaptado a las necesidades y demandas de todos los alumnos para alcanzar el objetivo de la educación: el aprendizaje significativo de los contenidos correspondientes.
“Sin embargo, y pese a que todas las instituciones y agentes están trabajando para garantizar la equidad y la aceptación de la diversidad, parece que estamos presenciando una despersonalización educativa cada vez más acusada, provocando procesos a través de los cuales se favorece el acoso escolar (Bandrés, 2015; Molina y De Luca, 2009; Moya, 2016), observándose en la actualidad un mayor crecimiento de casos de bullying (Espelage y Hong, 2019; Hicks, Jennings, Jennings, Berry y Green, 2018)”
De este texto, podemos extraer que la manera de abordar las situaciones de acoso escolar no es la correcta y por ello siguen aumentando.
Por supuesto, el concepto de inclusión puede llegar a parecer un tanto utópico, ya que resulta muy complicado que agresor y agredido convivan en la misma aula sintiéndose el agredido en un entorno seguro. Además, suele hablarse de la convivencia en cada aula. A nivel grupal, puede existir esa convivencia, pero si dentro de esa clase hay un niño víctima de acoso escolar, no podemos decir que exista esa buena convivencia, ni tampoco utilizar herramientas de mediación como si estuviéramos frente a un conflicto para alcanzar esa buena convivencia. En casos de acoso escolar es algo totalmente contraproducente y además la actuación debe ser inmediata y contundente. Debe existir una tolerancia cero, por ejemplo, hacia el primer insulto ya que, si nada ocurre y no se frena, comenzará un efecto bola de nieve imparable con consecuencias y secuelas graves para: el agredido, el agresor y demás compañeros.
Para no llegar a estos efectos sociales la solución efectiva y viable es prevenirlo, es necesario actuar de manera inmediata ante cualquier conducta violenta, sea o no acoso inicialmente.
Normalmente, el niño que agrede no resulta excluido de su propio centro escolar, en virtud precisamente de la inclusión que comentamos; sino que es la víctima la que, sin haber hecho nada, deja de ir a SU colegio, cambia de centro educativo e incluso, en algunos casos, cambia hasta de población. Todo debido a un cambio sobrevenido en su vida que quizás le afecte de manera grave y permanente.
El excluido resulta ser el agredido ya que limita su presencia en el colegio, por tanto, su participación y además suelen llevar aparejado un bajo rendimiento académico. Justo lo que promulga esa educación inclusiva.
Es vital que la Comunidad Educativa y todos los agentes implicados tengan conocimiento sobre cómo abordar esta problemática social. No olvidemos que los niños agredidos crecen pensando que no pueden hacer nada para evitar la situación de acoso, los agresores crecen pensando que pueden agredir sin que nada les ocurra otorgándoles su ansiado poder y los espectadores crecen normalizando un entorno de violencia (sea cual sea su manifestación).
No parece estar muy cerca de la inclusión educativa.
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